Extracto: Somos Jirafas / Peonía.

Extracto de la novela: Somos Jirafas.

Peonia

 

Escrito por: Rasé

Fotografía:  Kelsey Kam

En la cabecera de nuestra cama,

he pegado un lápiz con cinta adhesiva,

para garabatear una luna menguante,

en la que dormiremos arullados

quizá solamente

de aquí a que amanezca.

unnamed (1)

La primera vez fue en la habitación 20 de un edificio de la Rue de Assas. He aquí mi patrimonio. La ocasión se vestía como un santuario. Naranja & rosa. Una flama tenue que  olía a perfume y a vela. La misma vela que ambos, habían comprado en un Monoprix cerca de Saint Germain de Prés. Era púrpura. Sus venas también lo eran. Se hacían cada vez más (¿más que?) más de eso. Y de su cuello brotaban hinchados los gritos que suspiraban nombres. El abecedario imaginario de sus cuerpos. Tus ojos. Sus persianas se cerraban se hacían blancas, se encogían, se reducían, sus túneles, sus muslos tensos, sus serpientes, abrazaban a Oliverio, lo hacían y deshacían como una garabato, como una bola de estambre (y los gatos de la señora ucraniana hubieran deseado tener tal bola de estambre pero la bola no era más que una nube). Una nube que subía hacia el techo, condensada, entre sueños y rasguños y a pesar del goce lloraba. Se dejaba caer, se abría, se reclinaba contra la pared y besaba. Tu boca. Su boca. Mi boca. De la cual su lengua poco podía, poco sabía, poco entendía al entonar la balada que sus dedos hacían sonar en pianos danzantes. He aquí mi patrimonio. Ella lo entendía. Lo dejaba caer a su lado. Entre sus pechos. Los botones perfectos. Los tomaba, los apretaba con fuerza. Rojos. Ambos se presentían antes de cualquier deliberación de seda. Se deseaban en silencio las caricias que ya no alcanzaban a saciarse. Las costillas. La costilla de ella padecía una deformidad que era motivo de risa para los dos. Era la costilla de Adán decía Oliverio. Decía que Dios se había permitido el derecho de arrancársela para dársela al mundo o en todo caso al mismo Oliverio, que la besaba devotamente, en el justo lugar donde se encontraba el tatuaje de ella. Y la vela. La vela purpura que ambos habían comprado en un Monoprix cerca de Sanit Germain de Prés, se derretía como ellos, pero permanecía,  estática en el buró como espectador voyerista. Y el retrato de la flor de papel que ella había comprado en el mercado de pulgas de Saint Ouen comenzaba a florecer poco a poco. Y Las maderas viejas, que crujidos hacían las maderas del suelo cuando el dejaba caer sus pies para impulsarse hacia el infinito y estas gruñían más que sus vientres y sus ombligos, que se olfateaban, que su chupaban, que se encarnaban, que se inflamaban. Y los dedos eran un ballet y nadaban al mismo tiempo acalambrados del cansancio. Y los cuellos ensalivados, formaban parte de actos breves, mordidas cortas, dislocaciones de dos estuches, de dos divanes santificados, que se imanaban sin arrepentimiento alguno. Su rostro blanco, pecoso, tibio ahora color estrella comenzaba a vibrar. Temblaba. El dudaba. Ella aguardaba. El dibujaba un cisne con la mirada y ella asentía. -SI-. Enloquecidos, desgarrados, se asesinaban. Un sismo en estas tierras. Una breve erupción. Un sueño. Un dolor. Un grito. Jamás habrá de. Jamás podrá dé. Siempre. Eternidad. Final. Magia. Acribillándose, injertándose, resplandeciéndose.  ¡He aquí mi patrimonio! La breve muerte. El breve desmayo.  Aletargados, agitados, en forma de luna menguante como una postal de Schiele entre las mareas blancas de algodón, ambos se decían sin palabras: Tranquilo. Tranquila. Se consolaban con los labios. Se peinaban despacio y comenzaban a reír. Se pensaban  a solas. Escuchaban la música que sonaba. Y si era mala, la criticaban y la dejaban seguir. El amor viene y va y regresa y la ciudad es el testigo de sus abrazos y crepúsculos, de sus bonanzas y aguaceros. Cerraban los ojos pero no lograban conciliar el sueño. Nada sonaba a veces, más que los gritos de los hijos de la señoría que administraba la pensión, cuando corrían por los pasillos. Todo era solo respiración y más tarde ronquidos. Ronquidos que solo ellos soportaban, porque eran señal de que por fin sus almas estaban descansando de verdad y Oliverio escuchaba con detenimiento los ronquidos. Los intentaba desmenuzar, exhibir, interpretar. Y luego los estómagos, rugiendo, cantando famélicos estrofas que anunciaban quejas de hambre, que les hacían preguntarse al par de estudiantes,  si comer era necesario, cuando el corazón ya estaba plenamente satisfecho. La primera vez había sido en la habitación 20 de la Rue De Assas. Pero en realidad la primera  y última vez fue en  la habitación 6 de ese mismo edificio.

 

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