Cuento: Lu.

Lu.

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Escrito por Rasé.

Fotografía por Garry Winogrand.

 

Ojalá que la espera

          no desgaste mis sueños

Ojalá que la niebla

          no llegue a mis pulmones

y que vos muchachita

         emerjas de ella como un lindo recuerdo

Que se convierte en rostro.

Mario Benedetti

 

¡Prevenidos!- grita el ingeniero de iluminación del teatro Venecia, señalando con su dedo recto y calloso, la cabina principal del foro.

¡Luz de sala fuera!

 

Coloco mi espalda en el respaldo de la butaca y cruzo mis piernas de la forma más cómoda posible, esperando a que todos los lekos de la sala comiencen a proyectarse en el escenario. –Esto es mágico, ¿apoco no?- me susurra Miki, como esperando a que yo responda de forma condescendiente su pregunta. –Sí.- Respondo sin dubitaciones o análisis previos de lo que pienso decir. La sala es una caja negra, la oscuridad en ella es pura. Abro mis ojos, pero la misma negrura me obliga la ceguera. A veces cuando duermo pasa lo mismo. Me recuesto en mi cama, presiono la parte derecha del switch y toda mi realidad se vuelve noche. Abro los ojos, más bien los párpados. Comienzo a intentar observar algo, un punto, una sombra, un fantasma, hasta que el esfuerzo se vuelve inútil, el resultado nulo y el ejercicio de la vista se torna en una ligera desesperación que raya en la locura. Mi cuerpo se torna en aquel florero, en el cual Auxilio Lacouture ahogada en pánico introducía y sacaba la mano, pensado que un hoyo negro la tragaría y la disolvería en la nada. Esfuerzo mis músculos faciales. Los parpados se extienden casi hasta mi barbilla. En ese momento tengo miedo de quedar ciego para siempre. Cerrar o abrir los párpados representa la misma noche. Aunque la oscuridad como ausencia de luz percibida para los seres humanos es relativamente fácil de alcanzar, la oscuridad pura o total desde un punto de vista científico, no existe. Eso  lo sé, porque lo leí en una revista científica. Así pues, la oscuridad total es solo teóricamente posible en condiciones de cero absoluto, o en las proximidades de un agujero negro. Levanto mi brazo desesperadamente, busco en la pared a tientas el switch y lo presiono.  Ahora el CLICK es del lado izquierdo. Enciendo la luz, mis ojos ven. Ahí están, una ventana, un escritorio, una maquina de escribir (que nunca he utilizado), papeles,  libros, un Mickey Mouse de plástico miniatura que sin saber porque, jamás me  he deshecho de él. Las cosas permanecen estáticas y desaparecen sólo con el CLCIK de un Switch en direcciones opuestas. Ahora existes, ahora no. Escucho una voz al fondo de la sala. También puedo escuchar la respiración de Miki. Mis parpados están abiertos, pero igual podría estar soñando. Todo es real. La butaca, el algodón de los asientos, el clima frío del aire acondicionado, la voz. Mi cabeza busca, pero me doy cuenta que no depende de los movimientos de mi cuello o de cualquier afán físico que haga. Se enciende el primer leko de la sala. La luz elipsoidal que sale del reflector apunta a una silla en el escenario. Ese reflector que sale de la parte alta del foro,  es el único túnel luminoso y delgado, que puede unir la oscuridad de las butacas donde nos encontrados sentados yo y Miki, con la posibilidad de materializar lo visible de una realidad a otra: una silla. La voz se vuelve hacer presente. Mis manos sudan. Tocan la butaca. Levanto mi brazo desesperadamente, busco en la pared a tientas el switch y lo presiono.  Ahora el CLICK es del lado izquierdo. Enciendo la luz, mis ojos ven. Ahí están, Miki y la silla y también el ingeniero de iluminación. Sí ahí esta el ingeniero de iluminación.- ¡Prevenidos!- grita él, señalando con su dedo recto y calloso, la cabina principal del foro.

¡Luz de sala fuera!

 

Abro los párpados, más bien quisiera decir, abro bien los ojos. Busco la voz que proviene (estoy casi seguro de esto) de dos o tres filas de asientos que se encuentran delante de donde estamos sentados yo y Miki. La voz, se cae al piso y saca unas patitas, se escurre, pero más bien es parecida a un ciempiés. Lo había leído, pero jamás percibido de esta manera, una sensación hasta ahora desconocida como saber a ciencia cierta a que sabe el ADN después de hacer el amor. Sin claxon previo, ni timbre anticipado, irrumpe en mi tímpano un -HOLA- con la fuerza de un padre empujando a su hija paralítica en silla ruedas. ¡Luz de sala fuera!- grita mi conciencia. La voz anónima perdida en la oscuridad,  instala la misma silla que minutos antes había visto yo mismo en el escenario y con la melancolía de un pincel delineado atardeceres naranjas, se réplica una y otra y otra vez. La voz esta saludando:

 

HOLA Paco.

HOLA Juan.

HOLA Susi.

HOLA Roberto.

HOLA María.

HOLA Alejandra

H-O-L-A.

 

 

Esto es mágico, ¿apoco no?- me susurra Miki. –Sí, pero también es real. No sé como explicarlo- le respondo con un ligera taquicardia emocional. Esa voz. Ese leko que sale desde la parte alta del foro, ese túnel de luz que sale de su reflector y alumbra la silla. La silla solitaria donde estuve esperándola todo este tiempo, a la voz, sí, sí, sí. Ahora el CLICK es del lado izquierdo. Siempre ha sido. Enciendo la luz, mis ojos ven.  Ahí están, una ventana, un escritorio, una maquina de escribir (que nunca he utilizado), mis papeles,  mis libros, un Mickey Mouse de plástico miniatura que sin saber porque, jamás me  he deshecho de él. Las cosas permanecen estáticas y desaparecen solo con él CLCIK de un Switch en direcciones opuestas. Ahora existes, ahora no. La voz se ríe. ¿Quién eres? ¿Qué eres? ¿Qué siluetas te dibujan? ¿Cómo será tu habitación? ¿Será igual que la mía? ¿Tienes habitación? ¿Habitas en algo?  ¿De donde vienes? ¿Es un planeta? ¿Pertenece a nuestra galaxia? ¿Todas las anteriores? ¿Solo las respuestas A & B? ¿Qué comes? ¿Comes? ¿Tienen sangre? ¿Es roja como la de nosotros? ¿De qué te alimentas? ¿Estoy haciendo muchas preguntas? ¿Las estas anotando en una libreta? ¿Tienes pluma? ¿Te presto una? ¡No te veo! ¡Te escucho! ¡No estás aquí! Pero sé que existes, algo de ti existe. Como cambian las cosas en la niebla ¿no es verdad? Pero yo sé quien es quien detrás de ese telón de incertidumbre, sé donde está el abismo, sé donde está Dios, sé donde está la muerte, sé donde no estás tú. -¡Luz de sala fuera!- fue lo último que alcancé  a escuchar antes de ti.  La sala es una caja negra, la oscuridad en ella es pura. Abro mis ojos, pero la misma negrura me obliga la ceguera. A veces cuando duermo me pasa lo mismo. Me recuesto en mi cama, presiono la parte derecha del switch y toda mi realidad se vuelve noche. Pero aquí es diferente. No es el reflector. Yo te veo, yo te trazo. Tu voz, ríe, saluda, tiene su propio humor y carisma. La mía, mi voz, no existe más allá de este manto negro. TÚ, pequeña voz suave y delicada, no sabes, no tienes ni la más remota idea de que yo estoy detrás de ti. No sabes, no tienes ni la más remota idea de que llevo diez minutos garabateándote. -Esto es mágico, ¿apoco no?- me susurra Miki, como esperando a que yo responda de forma condescendiente su pregunta. –Sí.- Respondo sin dubitaciones o análisis previos de lo que pienso decir. El teatro es mágico por antonomasia. El director da unas pequeñas indicaciones a lo actores. –Subes, giras a la derecha, tomas la silla y te sientas en ella.- ¿Solamente tomo la silla y me siento en ella?- pregunta la voz delicada y dulce. –Solamente.- responde el director.  Coloco mi espalda en el respaldo de la butaca y cruzo mis piernas de la forma más cómoda posible, esperando a que todos los lekos de la sala comiencen a proyectarse. Sólo uno de ellos apunta al escenario. El reflector traza un túnel luminoso y cálido. Dentro de él viajan las pelusas, esas pequeñas naves espaciales que miramos cuando un rayo luminoso se cuela entre las sombras. Escucho los primeros pasos de un cuerpo sobre el proscenio. Una silueta fantasma se comienza a sumergir en el círculo de luz que esta proyectado en el escenario negro. Es una mujer. Una mujer dentro de un círculo luminoso, rodeada por aurora que la diferencia de la noche. Una mujer y una silla y la oscuridad infinita. La mujer gira a su derecha, sigue indicaciones. La mujer toma la silla. La mujer se sienta en ella. Y ahí permanece. Todo es silencio. Ya no escucho las respiraciones de Miki. Ni siquiera escucho las mías. Solo observo. Ojalá la pudieran ver. Ojalá pudieran estar aquí en la butaca. Aquí hay color. Su cabello. Su sonrisa. Ella ríe. La voz. La mujer. Las dos son una misma. Las palabras sobran cuando los ojos han dicho asombro en lugares donde otros han dicho costumbre- recuerdo. Levanto mi brazo desesperadamente, busco en la pared a tientas el switch y lo presiono.  Ahora el CLICK es del lado derecho. Apago la luz, mis ojos ven.

Sin claxon previo, ni timbre anticipado, irrumpe en mi tímpano un -HOLA- con la fuerza de un padre empujando a su hija paralítica en silla ruedas. ¡Luz de sala fuera!- grita mi conciencia. La voz disfrazada de mujer, antes perdida, ahora encontrada en la oscuridad, camina hacia mí. Instala la misma silla que minutos antes había visto en el escenario y con la melancolía de un pincel delineado atardeceres naranjas, me habla:

 

Hola.- me saluda y lo dice como si sus ojos grandes y melancólicos, supieran muy dentro de ellos como las cosas acabarán entre nosotros dos.

 

Me llamo Lucía ¿y tú?

 

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