Cuento. Afonía

Afonía

 

Con cariño para Sofía Cándano.

Escrito por  Rasé.

Fotografía: Alex Prager.

no, no se movía la estatua

eramos nosotros los que

nos movíamos

Juan Alcántara

 Alex-Prager-photography7

I

 

Notas para hallar las palabras de la casa:

 

Palabras amarradas del verso A354:

 

1) D—E-S-P-E-G-A-R: (en la silla de la sala.)

 

2) E-N: (en el florero de la mesa del comedor)

 

Palabras que faltan de amarrar:

 

3) ¿C-A-Í-D-A?

 

4) ————

 

 

II

 

 

Sofía sube al sillón para amarrar en la lámpara del comedor las últimas palabras que tenía tejidas en la lengua. Todo el departamento es una telaraña de versos. Sofía brinca las primeras tres estrofas que están enfrente de la mesa. Casi se cae de frente, pero poco después se logra equilibrar. Forja un nudo marinero con las puntas de la palabra. Las bombillas de la lámpara hacen corto circuito, los cables sufren de los movimientos toscos que hace Sofía al amarrar la palabra. La letra C y la letra A quedan volando.- Esta bien amarrada.- afirma con seguridad.  La luz de la bombilla hace un efecto de sombra producto del nudo y esta misma sombra cae sobre la nariz de ella. Desde donde estoy sentado, Sofía parece traer puesta la mascara del fantasma de la Opera. Ella no lo nota, no lo sabe. Yo logro percibirlo desde aquí, la habitación me lo permite.  Sofía comienza a reír. C-A-Í-D-A –deletrea en tono burlón. Se baja del sillón y se dirige a la mesa a tomar un trago de su cerveza.- Te toca.- me conmina. Reiniciamos la tregua del entendimiento mudo. Nos miramos, en silencio. La penúltima opción  había sido una oración larga: “Los niños también se preocupan.”. –Supongo que podría funcionar la palabra “R-U-P-T-U-R-A”.- Sugiero con modestia. Ella apunta en la pared con el crayón: R-U-P-T-U-R-A. Luego toma otro trago de su cerveza y mira fijamente la palabra. Se toma la barbilla, la repite en voz baja para ella misma. Ahora hace la revisión en su lengua. –R-U-P-T-U-R-A creo que no la tengo tejida.- Me indica. Con la lengua de fuera, me lo demuestra. Mis ojos recorren los caminos de sus papilas gustativas, observo. –Quizá en la zona de los sabores amargos.- Pienso, pero prefiero quedarme callado. Habrá que tejerla y destejerla.- señalo. Ella asiente con la cabeza. Tomo la aguja y el diccionario. Ella abre la boca, saca la lengua y yo  comienzo a tejer. Me intriga, debo de confesar, el orden en el que ésta mujer ha colocado la mayoría de palabras en su lengua. Es decir ¿Por qué la palabra I-M-P-O-S-I-B-L-E estaría en la zona dulce junto con palabras como C-H-O-C-O-L-A-T-E o en todo caso M-E-L-O-D-Í-A? Sofía suelta un pequeño quejido. – ¿Te duele?- le pregunto. Ella me guiña el ojo- Sigue.- me ordena. He decidido colocar R-U-P-T-U-R-A en la zona amarga de la lengua, aunque sé que a ella le molestará. Tomo un trago de mi cerveza. El hilo y la aguja me ponen nervioso, debo de admitirlo. Las manos me sudan en cada letra. Lo único que me tranquiliza es  la música que se quedó sonando desde hace tiempo en la cocina del departamento. Es un piano suave, espaciado, silencioso. Las canciones abren pista al imaginario. La bola disco se postra en nuestras cabezas y sus espejos y sus líneas de luz alumbran la danza de las palabras que se escurren en las papilas gustativas de Sofía. –Ese era el punto.- Digo en voz alta. – Amarrar las oraciones por todo el departamento, para así poder amoldar el mobiliario a nuestras propias necesidades. ¿No es cierto?-. ¿Por qué otra razón estaríamos haciendo este maldito collage por toda la habitación? – ¡Ouch! ¡Cuidado!.-Sofía vuelve a hacer un pequeño quejido. -¿Estas bien?- le pregunto. Pero ¿Porque debería estar bien, si las palabras duelen inevitablemente al coserlas? –Los niños también se preocupan.- le susurro tejiendo la última letra. Ella, una vez más, se ríe. -Es increíble, como toda mancha se puede transformar en un lunar desde la distancia ¿No es cierto?- Sofía no me contesta. Sofía no sabe a lo que me refiero. Entiende todo lo que digo, analiza todo lo que digo, incluso, recuerda todo lo que digo, pero no sabe a lo que me refiero. Nuestra comunicación siempre ha sido como aquel video de la canción No Kind words o algo muy parecido a un Pac-man que todo el tiempo esta escapando de ser devorado. Pensándolo bien, nuestro tiempo siempre ha sido así, un círculo amarillo que abre y cierra la boca, un círculo amarillo persiguiéndonos en los laberintos de las palabras que tejemos o colgamos en la habitación. Es difícil de explicar. Un día ella me pregunto.

 

– ¿No te gustaría que nos pudiéramos leer sin tener que significarnos?

 

 

III

 

Notas para hallar las palabras de la casa:

 

Palabras amarradas del verso A354:

 

1) D—E-S-P-E-G-A-R: (en la silla de la sala.)

 

2) E-N: (en el florero de la mesa del comedor)

 

3) C-A-Í-D-A. (Amarrada en la lámpara del comedor.)

 

Palabras que faltan de amarrar:

 

4) ¿L-I-B-R-E? (Esta palabra esta aprueba todavía.)

 

 

 

IV

 

-¿Que te parece?- me pregunta.

-No tiene sentido caer hacia arriba.- le respondo.- Es lo mismo que comenzar a volar y aterrorizado, pensar que en realidad vas a estrellarte contra la tierra.

-¿No te das cuenta?

-No.

-Los dos necesitamos esta última palabra para terminar el poema.- insiste.

-No te entiendo.

-No, yo sé que no entiendes lo que estoy diciendo- me canta dando vueltas sobre su propio eje- pero sabes a lo que me refiero.

 

 

V

 

 

Yo estaba sobre el tiempo, yo ladrón de instantes me había postrado encima de los minutos y había decidido guardar (solo por un momento) silencio para que las sombras que se proyectaban alrededor mío, envejecieran sin molestar. ¡Pa-Pa-Pa-Pa-Pa.! Ahí había unas sílabas perdidas creando onomatopeyas, quizá imágenes. Recuerdo los vasos rojos, la mesa de madera al fondo, las ventanas viejas y desgastadas que abarcaban toda la pared, el color amarillo y negro  que desplegaban las luces y las sombras de la gente, las fotografías,  todos alrededor bailando, las cabezas agitadas, la gente hablando, hablando sobre como la música iba a subir, una playera de galaxias (literalemete), la gente hablando, ¿Qué más? la música I wasn’t really looking for some more than, Some company on the dance floor, Does he know what I do? You pass this on, won’t you ¿Estabas ahí? Recuerdo una laptop enchufada a la bocinas, recuerdo que, definitivamente no había Dj. Éramos títeres de una playlist eterno. ¿Estabas hablando? Recuerdo el rostro de Sofía, su cuerpo, sus risas,  bailando con una playera con estampado galáctico (literalmente), dando giros, levitando, volando quizá, con los ojos escurriéndosele hasta los tenis, festejando, levantando los brazos -¡Somos libres!- gritando. ¡Somos libres!  Y toda la gente hablando, sin darse cuenta que las palabras que debían elegir estaban colgadas por todas partes de la habitación y la gente ignorando los versos que habíamos amarrado desde la cocina hasta el comedor. Pero Sofía, parecía intacta, era el comienzo, el principio de su historia. ¿Libres? Había  decidido por fin tejer su lengua con el poema de la habitación y así formar un telar que la hiciera indivisible a su obra. Estaba segura de lo que hacía, lo había dicho semanas antes, estaba harta de hablar con extraños, harta de explicar sus metáforas, harta de elegir palabras para…, harta de limpiarse la manos al llegar de la calle (decía que era una falta de respeto para la misma calle), estaba harta de hablar, hablar, hablar, hablar, de usar  las palabras sólo como puentes, como medios; Sofía estaba convencida esta vez de lo que quería hacer y yo sabía que no había nada que la detuviera porque su obstinación era una locomotora kamikaze. Sí, sí, sí, sí. Recuerdo todo. Sofía sube al sillón para amarrar en la lámpara del comedor las últimas palabras que tenía tejidas en la lengua. Todo el departamento es una telaraña de versos. Sofía brinca las primeras tres estrofas que están enfrente de la mesa. Casi se cae de frente, pero poco después se logra equilibrar. Forja un nudo marinero con las puntas de la palabra. Las bombillas de la lámpara hacen corto circuito, los cables sufren de los movimientos toscos que hace Sofía al amarrar la palabra. Sofía acerca sus manos y estas mismas se comienzan a deshilar. Ella misma las esta deshilando. Miro sus manos (este recuerdo me recuerda a otro) sus manos son transparentes como las bombillas eléctricas. Ella se desvanece entre sílabas, palabras y versos. Ella es la lámpara o la lámpara es ella, no lo sé. Una voz desde la luz interroga ¿Ves los filamentos de donde corre la sangre de mi luz intacta?  Ahora puedo leerla en toda la habitación, en la pared, en las bocinas, en la música, ella es sus palabras, ella sus mismos telares. Me detengo, recuerdo muy bien, en el centro de la habitación, y ella ya no está, ella ya no baila, ella es un verso, una lengua, ella ya no va, ella es su maldita Ítaca y yo la estoy leyendo, mientras recojo el alfiler que dejó tirado en la mesa y me intento deshilar cantando:

 

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                                             ¿Libre?

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