Bjork [Conversaciones de café] Parte. II

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Rasé.

Ella es…- pienso- bonita.- mientras sorbo un trago de mi taza de café. Mujeres como ella no deberían trabajar en un lugar así. Mujeres de ese estilo no deberían de trabajar en absoluto. Mujeres como ella, sólo ríen con inocencia, acarician por iniciativa propia y consiguen un buen hombre que las mantenga. ¡Dios! Me gustaría ser mujer solamente por esa razón. Para coger cuando se me da la gana y negarme cuando se me da la gana también. Acercarlos a mi vientre, bajarles la cabeza hasta mi entre pierna y a hacerlos oler la comida que no podran devorar. Sólo por eso me gustaría ser una mujer tetona, poco inteligente y que sepa reír bien, pero, para eso, primero debería arreglarme la dentadura y bajar de peso. -Seguro que debe necesitar el dinero.- pienso. Ella se recarga en la barra y desliza su comanda con uno de los meseros. Luego se voltea y deja ver un poco el sostén que se le escapa del escote. Empieza a reír. Creo que coquetea con uno de los clientes, pero igual podría ser pura amabilidad fingida. Me doy tiempo para mirarle la piernas y ahora un poco de nalgas, por cierto, nulas. –Ella sólo es…- pienso -…bonita…y ya-. Tomo un sorbo de café, releo la frase escrita en mi servilleta y miro el reloj de pared que se encuentra una hora atrasado. La semana pasada había soñado con ella. En mi sueño, la cafetería se había convertido en una iglesia y ella, había dejado de servir cafés y molletes para convertirse en un virgen policrómatica que completaba el centro de un retablo plenamente ornamentado y bañado en oro. Al verla, me echaba a llorar. No porque me encontrara desnudo en el sueño, ni por algún arrebato de vergüenza sino porque me recordaba a mi hermana. Ya sé, ya sé pinche mundo lleno de gente enferma. El punto es que, la virgen se mantenía inmutable mientras yo berreaba. No se reía, ni me acariciaba por iniciativa propia, sus ojos apuntaban hacia arriba, quizá al cielo. No estoy seguro, igual sólo se trataba de otra forma más para ignorarme. Lo importante del sueño vino después, cuando inició el sermón profético. De la hondo de las maderas húmedas de la iglesia salió la voz de Bjork, aunque en ese momento específico se presentó más bien como Dios. Yo seguía llorando mientras la voz inició un canto de palabras en islandés que no pude captar bien a bien y después de entre todo ese sermón, dejó caer una frase hacía mí:

“El deseo es una pregunta cuya respuesta no existe.”

Y luego se calló.

Al despertar, la claridad de mi sueño se mantuvo intangible. Apunté las palabras de la deidad con voz de Bjork en una servilleta y las repetí a lo largo del día como una especie de letanía. Pensé en mi hermana. En sus hermoso culo firme. Pensé en las tetas de la mesera y en su rostro y en cómo una mujer así no debería estar sirviendo molletes y malteadas a un montón de ancianos decrépitos en un lunes por la noche. Una vez más el mundo me volvió a causar repulsión. Las mujeres así deberían ser un motivo para los coleccionistas de aparador. Perras afortunadas que el mundo gusta de mirar. Más tarde, después de pensar en la mesera en forma de virgen policromada, decidí entregarle la frase de mi sueño, la que habla del deseo y la pregunta cuya respuesta no existe. Así fue como terminé aquí, una vez más, espiandola mientras bebo café. Y sí, en verdad es bonita, aunque le falte el culo perfecto de mi hermana y se tenga en tan poca estima cómo para trabajar en esta cafetería. Sorbo otro poco de mi taza de café, releo la frase y miro el reloj de pared atrasado una hora. Por un momento la idea de entregarle la frase dictada en mis sueños me parece absurda. Es cierto que sería mucho más fácil invitarla a salir, pero ¿qué si esta oración en la servilleta es un codigo mágico para abrir la cueva donde esconde su tesorito? ¿Qué si funciona como una especie de ábrete sesamo vaginal? Prosigo con el plan. Miro la carta. Quiero cenar bien antes de tener sexo conjurado esta noche. Enchiladas o molletes. Malteda o Café. La pareja en la mesa de a lado no para de discutir. El tipo mira a su mujer con indiferencia mientras ella se levanta de la mesa y le pregunta emputada en forma de reto que ¿qué propone hacer?. Les diría que bajaran la voz porque no soporto las discuiones de parejas, ni los lloriqueos de los bebés, pero para antes que haga eso, la mesera se acerca a mi mesa.

-Buenas noches ¿todo bien? ¿deseas ordenar algo de comer?

Me habla de tú. Tiene confianza. Eso debe ser una señal, pienso pero no respondo.

-¿Más café?

-Sí.- le contesto y arrugo la servilleta en mi puño. No veo el momento para exorcisar el conjuro abre papayas.

Hay algo que algunas personas llaman objeto de deseo, lo leí en una revista de playboy, tras el parto y durante los primeros meses de vida, cada ser humano forma una especie de unidad con la madre. Se dice entonces que cuando uno se encuentra en el vientre se está adherido al deseo de la madre, el feto, através de lo nurtientes y esímulos que asocia con afecto, encuentra en la leche materna el primer objeto de deseo de los humanos, al ser alejados de este divino lácteo, el especímen quedrá insaciado de por vida y estará buscando saltar de leche en leche o en su defecto de mesera en mesera.

Miro el reloj de pared atrasado una hora. Me pregunto si, su horario de entrada y salida tendrá que ver con este desorden temporal. Me pregunto si, la misma muerte será eso, estar una cafetería atorado entre una hora que ya pasó y una que está ocurriendo. Viligo a la mesera. Pienso en mi hermana. En su culo firme. En el conjuro que Bjork habrá mandado hacer para ella. Quiero tomar un sorbo de café, pero la taza esta vacía. La pareja de a lado ya no discute, pero también me consta que el tipo no le ha propuesto nada a su mujer. Ya viene más café.

-Aquí está tú café…y pues ¿vas a querer algo de cenar?

Pienso en decir molletes, pero respondo:

“El deseo es una pregunta cuya respuesta no existe.”

La mesera se ríe. Yo le miro el escote.

-¿Qué?

-Dije que… “El deseo es una pregunta cuya respuesta no existe.”

Me mira si saber que decir. Está incómoda, se puede notar por la forma en la que busca alrededor alguien que le pueda explicar lo que le estoy diciendo. Pero no hay nadie reina, estamos tú y yo solos en esto.

-Bonita frase.- me responde.

Parece estar más acostumbrada a responder piropos que conjuros sexuales

-¿Vas a querer algo más de cenar? Estoy a punto de cerrar turno.

Desarrugo la servilleta y se la muestro un tanto sudada.

-Lee esto.

Ella lo lee. Mientras, empiezo a tararear un canción de Bjork para ver si sucumbe ante las palabras. …Slowly unravel… Ella me mira. Sus ojos son la leche que estaba buscando. Creo que comienza a entenderlo. Los pezones se le marcan. Ella lo sabe. Lo sabe bien. Pienso en mi hermana y en la hora atrasada. Soy un feto y esta vez nadie me aleja del la calefacción del vientre del deseo.

-Vamos a mi casa.- escupo.

Tarda en responder, pero me guiña el ojo.

-Esperame afuera. ¿OK?

Regresa a la cocina. No lo puedo creer.

No sé si dejar el dinero de los dos cafés en la mesa o salir a la puerta de la entrada. Puedo ver como desde la cocina intercambia algunas palabras con sus compañeros. No lo puedo creer. Reinicia la discución de la mesa de a lado. Un bebé comienza a llorar. Una señora se acerca a pedirme la hora. Le respondo que miré el reloj de pared. De verdad no lo puedo creer, así, lo hicieron, así se cogieron a mi hermana los bastardos. Con una pinche frase de Cernuda que difrazaron con la voz de Bjork, con tan sólo eso lograron subirle la falda y lograron liberar ese par de nalgas macizas que tenía mi hermana. Y ahora yo, aquí, con la misma frase hacía lo mismo. Dejo la servilleta, me levanto de la mesa y me dirigo a la puerta de la entrada. El deseo es una pregunta cuya respuesta no existe, repito. Vuelvo a chocar contra la señora que insiste en saber la hora exacta. No sé, vieja no sé. El bebé llora, mi pulso aumenta. Pienso en la iglesia, en el retablo ornamentado bañado en oro. Soy un piche profano y vivo en un pinche mundo enfermo me cae de madres, pinches virgenes policromadas no deberían trabajar hasta estas horas en la madrugada, pinche Bjork promiscua y pinche versos escurridizos que penetran en lo hondo de las bragas.

Decido esperar en la puerta.

Pinches sueños que han transformado la realidad en una pesadilla.

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