Cuentos. III (Colección: Cosas que suceden…)

Sérendipité

Escrito por: Rasé

Pintura: Edward Hopper.

Hopper Waiting for hopper

Jamás me intereso contar la historia de como Aurora miró al cielo por vez primera, ni de cómo sus dientes perfectamente ordenados reflejaron la felicidad que guardaba misteriosa y tan lejana de mi, tan pero tan distante que por momentos me hacía sentir que la había conocido en otra vida cuando ambos fuimos gatos o elefantes ( yo que sé)  pero sin duda alguna, en otra vida pero no en esta. A menudo le preguntaba a Álvaro sobre las teorías  de los movimientos brownoideos en el amor y de las posibilidades infinitas de que mi relación con Aurora se pudiera entrelazar con estas, tal y como lo hacía la de Oliveira con La Maga en París. El azar de converger con su figura una vez más, tropezaba con esa muralla de mar que se paseaba frente a mis ojos y que más tarde se transmutada en figura de peatones, ahogando la esperanza y rara vez insistiéndose de forma necia y en voz baja, como queriendo que nadie se enterase de que la podría volver a ver una vez más en aquella cafetería de la calle Sérendipité. Pero ella ya no cruzaba más por ahí, ni si quiera se había dado la posibilidad de sentirse acompañada aquel catorce de febrero posterior a su ruptura con ese tipo pedante al que todos llamaban “El Casé”. Dicen que el hombre es producto de las circunstancias que lo moldeanpero si fuera correcto este razonamiento, supongo que Aurora habría entendido en mi silencio, aquella tarde en la que ella decidió terminar conmigo, que mi omisión no era más que una protesta impotente por quererle demostrar que aún tenía guardado amor para ella y que no me parecía suficiente el tiempo de vida que ella le estaba dando al deseo de mi corazón.

Me voy– me dijo- ¿te encuentras bien?- y me miró como sintiendo piedad de la famélica silueta que desprendía mi ser. Me quede callado y la miré. Ella se levantó de la silla de madera de pino, de la que alguna vez comentamos en aquel mismo café, lo horrible que era, la forma asimétrica de su respaldo, la falta de proporción en sus cuatro patas y la manera en la que rechinaba cuando te balanceabas con el peso del cuerpo. Si, era esa misma silla la que ahora ella dejaba vacía frente a mi y se vengaba de tantas críticas burlonas que le había hecho tiempo antes. – ¿Eso es todo? ¿No hay más?– respondí con apariencia serena, pero con un infierno en el pecho. Ella se acercó y me besó en la frente. No sé si era la voz de Jaques Brel que se escuchaba en el fondo de la cafetería, producto de su reproducción en el tocadiscos de lugar, o era mi mente que, mientras yo miraba sus labios acercarse a mi frente, entonaba con un volumen progresivamente in crescendo  el Ne me quitte pas que desgarraba la poca llama de felicidad que me provocaba estar con ella. Miré el salero que se encontraba en la mesa y por alguna extraña razón que aún no descifro, recordé a mi hermana, recordé como me dijo en casa de los abuelos una frase que jamás me había servido hasta aquella tarde en la que me abandonó Aurora. –“Las personas no te lastiman, ni te hacen daño, eres tú el que solo te hieres pensando en que ellas harán algo por ti.”- Y es que siempre consideré melodramática y no voy a negar que la califiqué como absurda aquella lección que intentó darme. Pero esta vez lo entendía, mi hermana tenía razón, ¿Como podía yo esperar una señal bilateral por parte de Aurora? Después de todo, los sentimientos son como las nubes, van y vienen y un buen día despiertas y estos se han despejado y han dejado un cielo azul, vació, sin nada más que decir o de lo contrario diciéndote  –Me voy, ya no me encuentro enamorada.- acribillando la poca humanidad del enamorado en turno y esperando una comprensión que no vendrá. Al principió lloré, disequé la mayoría de palabras que podía haberle dedicado los meses siguientes, Álvaro me soportó por un tiempo, hasta que mi dolor se volvió insoportable. Pensaba que no me dolía el hecho de que Aurora se marchara, sino de que existiera la posibilidad de que su amor por mi se acabará y ella volviera a querer como lo había hecho antes conmigo. Me aterraba pensar en ello. La peor venganza que se les puede hacer a los enamorados es el olvido y que es el amor sino el olvido constante, el error reiterado seguido de la inmaculada pureza del espíritu. El amor no podría entenderse sin ese círculo y yo no podría entender Aurora sin su ausencia necesaria, que en mi luto hacia una pregunta constante ¿Dónde estamos ahora? Pasado, presente, el salero y la silla de madera de pino, los movimientos brownoideos, los errores los aciertos, el azar y la efeméride del beso en mi frente, eran y son las circunstancias que tal vez que me hacen regresar a las afueras, mirando adentro de la vitrina de la cafetería, en la calle Sérendipité, con la ridícula esperanza de volver a repetir el pasado, de volver a ella y esperando que no decidiera alejarse esta vez de mi vida. –Es lo mejor para los dos.- Me susurró, recuerdo, con su dulce voz queriendo amortiguar la fuerza de sus palabras y yo sabía que se equivocaba. Sabía que era lo mejor para ella y claro que sí, sabía también que era una decisión egoísta. ¿Entonces que es lo que hacía otra vez ahí? ¿Porque carajos me encontraba otra vez mirando a través de la vitrina de la cafetería? ¿Qué esperaba? La libertad era mía, podía quedarme o tomar la decisión de irme y no dar segundas a oportunidades a mi mente. Imaginaba el peor de los escenarios venir, ella acercándose a mi, con su misma piel arena, sus mismos lunares, los ojos como ángeles, su cabello terso, la imaginaba acercándose dubitativa y susurrando una vez más a mi oído: – ¿Ya te encuentras mejor? Podemos ser amigos ahora ¿No te parece?-. ¡Dios! imaginaba eso y me derramaba una y otra vez y caminaba en círculos fuera de la cafetería y la gente me miraba. “Esta loco ese hombre” (seguramente pensaban) y me daba lo mismo (sus voces) mi dilema dentro de mi cabeza, era un tribunal que condenaba mis actos. Y es que me daban ganas de verla una vez más y decirle antes de que ella pudiera decir una sola palabra, antes de que pudiera sentarse en la silla de pino y me pudiera mirar con ojos de compasión, me daban ganas de gritarle-¡No sabes lo afortunada que eres!-. El reloj marcó las cuatro de la tarde, la cita estaba apunto de comenzar, había acorado de verla tres meses en el mismo lugar de la ruptura. Mi corazón se sentía una poco más fuerte, convaleciente se podría decir. Esperaba, la manecilla avanzaba, deseosos sueños, los reprimía para no crear ilusiones que hieren cuando no se cumplen. Moría por verla otra vez, tal vez después de todo este tiempo de no vernos por fin me extrañaría. Cuatro y media, tomé asiento en una de las bancas frente la cafetería, donde todavía a lo lejos podía mirar el fondo de la vitrina. Pensé por un momento en que no llegaría, pensé en lo boba que era mi insistente esperanza y en lo estúpido que me veía esperándola, ahí afuera, entre el los peatones. –¿Acaso eso era lo que ella quería? ¿Volver a humillarme?- Pensé. Pero cinco minutos pasaron y el panorama cambio. Un automóvil aparcó justo en frente de la calle Sérendipité, ahí en la cafetería, era un taxi y la miré como en cámara lenta, como lo hacen las películas cuando algo importante marca la trama y la vi bajar, tirando su cabello terso de lado, acomodando su suéter para verse bien. Yo lo podía mirar a lo lejos, al otro lado de la calle y ella todavía no me había visto. Es importante mirar sin que te miren a veces. Pensé otra vez en gritarle desde el otro lado de la calle:-¡No sabes lo afortunada que eres! ¡Nadie te amará tanto como yo lo hago!- pero por fortuna no lo hice. Unos instantes después de mirarla bajar del taxi, noté que un hombre bajó con ella y justo al momento en el que estaba decidido a gritar, la realidad, la ramera vida me soltó una bofetada necesaria para destruir los castillos de la ilusión. Aurora besó al hombre y se introdujo en la cafetería. Ella no me logró mirar pero yo si la miré, que fortuna más desdichada, que golpe de suerte más triste. Me escondí en el callejón más próximo y reclamé en mi cabeza como si ella me pudiese escuchar:-¿Acaso aquel tipo te conoce como yo? ¿Acaso te hace reír como yo? ¿Acaso sabe que no te gusta hablar de tu papá? O ¿Nota cuando te encuentras al borde del llanto? ¿Acaso tiene idea de que odias tus lunares? ¿Del beso en la mejilla? ¿De tus rodillas cuando estas nerviosa? ¿Acaso sabe donde empiezan tus labios a temblar cuando pronuncias las palabras “te quiero”?-.

Cerré los ojos y dejé caer una lágrima. Enderecé mi cuerpo y lo comprendí, Sérendipité no significa un hallazgo afortunado e inesperado que se produce cuando se está buscando otra cosa distinta. Sino una revelación que te otorga a la vida. una oportunidad de redención que sirve para sanar el espíritu. Regresé a la calle, con los ojos tallados y me introduje en la cafetería. Ahí estaba ella junto a el. Me acerqué y antes de que ambos pudieran decir algo, exclamé:

-No tienes idea de lo afortunada que eres.-

Aún hasta el día de hoy, no creo que tenga idea.

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