Cuentos. IV (Colección: Cosas que suceden..)

Réquiem a David y Laura.

Escrito por: Rasé.

Pintura: Terry Rodgers.

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Eran seis, los que sabían la verdad, entre David y Laura. La otra pandilla de ángeles, se encontraban en la habitación central mirando con determinación pérdida hacia aquel techo percudido y húmedo que se perdía cada vez más entre las luces de neón y el humo del Kadishh. Todos los cuerpos de los ángeles oscilaban de una lado a otro como un péndulo que va de un lado a otro, en cámara lenta, izquierda, derecha, frente, detrás, los cuerpos de los ángeles, con sus rostros totalmente pasmados, unos con los ojos desechos, pupila roja y rimel corrido, mojados por el alcohol y hundidos en una inmensa ola de ambigüedad mental. Las alas, con su plumaje blanco, era blanco, fue blanco, ahora parecía un remedo de alas, de paloma, sucias, mugrientas, descuidadas; eran las fiestas rave, las que habían quedado impregnadas, las pastillas, los sueños rotos, la esperanza de que un Dios se les acercará, en cada una de sus plumas, sus pieles blancas, sus tersos cabellos, que fueron tersos y ahora eran un casi un peluquín seboso.  David y Laura se encontraban en la parte de afuera del castillo. En los jardines. Ahí el paisaje, era mucho menos apocalíptico. Aunque no sabían si lo era en verdad o eso les parecía, porque ambos estaban que se mordían las uñas por tanto deseo. ¡Hay el deseo!, el acariciaba sus alas y ella solo se retorcía entre el césped azul. Ella agitaba los cuernos y la cola filosa de este. El alcanzaba hacer un quejido de júbilo. Lo hacía sin decir una palabra que se entendiera o que ella pudiera entender al menos. Cada vez que el apretaba sus piernas, ella vomitaba flores, podían ser malvas, bugambilias y si eran girasoles, era porque el fuego los consumía con dolor. Decían que el mundo se iba acabar, después de la bomba.

 -¿Que bomba?

-La bomba.

 El fin del mundo no era la bomba. Sino la falta de adaptación, de entendimiento. De unos con otros. Todos eran extranjeros de una realidad coherente. No recordaban nada, por lo tanto no sabían que eran, que querían, que hacían. Era el tiempo de la nube de Kaddish. De la amnesia temporal.  De los ojos mirando la nada o la nada ya intrínseca en las pupilas de todos.

 -¿Porque yo no tengo estos?

-No lo sé.

-Dame de esas.

-¿Las rojas?

-¡Si! ¡Si!

 -¡Ah!

-¡Más!

David y Laura. David y Laura. David y Laura. David y Laura. Cuatro veces los dos juntos. En las diferentes recamaras secretas de la casa que daban al lago. Dos de ellas, totalmente embriagados, perdidos en otro lugar menos sus cuerpos, desnudos, ella olvidada de ser una ángel y el olvidado de ser un fauno, una cabra, una cosa, cosa con cuernos y pezuñas. Eran seis, lo que sabían la verdad, entre David y Laura.    Solo seis. Tres de ellos les importaba un bledo. Otros dos, se encontraban en algún baño del castillo, también vomitando girasoles, pero con agujas, con líquidos,  venenos, y también con roces. Y uno, ese uno se llamaba, así, como se llama el dolor celososo, la locura irracional del sentimiento.

-¿Que bomba?

– ¡La bomba! ¡La bomba!

Todos los ángeles oscilaban. Las nubes, las luces, los decibeles, todo incrementaba, los vasos vibraban. En varias recamaras cada vez más girasoles y bugambilias y malvas también. Cada vez más de todo y menos de ellos. David y Laura recostados en el jardín, de espaldas al césped y mirando las tres lunas.

 -¿Donde?

-Esa que esta ahí. A lado de la que parece elefante.

– No la veo.

– ¡Esa!

-No la veo.

– Hazte más para acá.

– ¡Ah! La que parece cisne.

-No parece cisne, parece elefante.

– ¡No! ¡No!

 David y Laura, comiendo sueños, besándose. Detrás de los arbustos: La noche. No hacía frío. Hacia bastante “abrazo”, bastante “brazos que encierran”, que aprietan, que aprietan rico.

 -Creo que te amo.

-¿Que es eso?

– Es cuando sientes lo que sientes, cuando te tocó las alas, pero sin tocarlas.

– Pero tú no tienes alas.

– Creo que me están saliendo.

Laura sola. Retando a todo. Comiendo Sueños. David solo. Creyendo en algo, algo  parecido a un conejito blanco, tierno, frágil, apunto de deshacerse en su palma. El tiempo, detrás de los arbustos, vestido de negro, espiando entre ramas. Frotándose las manos, saboreando el banquete próximo. El tiempo, vestido de noche, detrás de las ramas y arbustos, detrás, siempre detrás.

 -Deberíamos de regresar.

-Deberíamos.

 Todos los ángeles adentro del castillo. De rodillas, implorando el regreso a sus cuerpos. Sus alas tiradas en el suelo, en el piso  de mármol. Ellos, en forma de vela, de cera derretida, en forma de convalecientes ángeles, que han sido fusilados, por luces de neón, pastillas, Kaddish, nubes, nubes, nubes, luces, beats escandalosos, betas láser, beats, luces, nubes, cáliz aguardientoso, ángeles de rimel corridos hasta sus pechos, pidiendo perdón, casi en sus inconciencia. Inocencia. Almas olvidadas. Dame la mano. No, no puedo. Abre las puertas del cielo, se están muriendo. Es una lástima, no puedo. Ángeles oscilando. Alas sucias. Luces. Desastre, vasos rojos, con girasoles vacíos. Es castillo siendo casi el fin. La nada.

 -La bomba.

-¿Cual bomba?

 Detrás de los arbustos el tiempo, vestido de gala,  de noche, de obscuridad. Colocando un reloj, un cronómetro, una bomba. En los bolsillos, en las prendas de David y de Laura. Ellos, sin saberlo. Colocándose sus ropas. El, uno, envidioso, celoso sentimental, ahí, detrás del tiempo. Esperando, paciente, detrás de los arbustos, de las ramas, del tiempo vestido de gala, de noche, el, uno, uno sobrante, el egoísta, el culpable metafísico. Esperando. Esperando. Esperando. En silencio Esperando el diez, nueve, ocho, siete, seis, cinco, cuatro, tres, dos…

 -Te amo.

– Date prisa, que estamos soñando.

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