Blu mun.

Blu mun.

foto (1)

Omnes vulnerat, postuma necat.

Todas [las horas] hieren, la última mata.

Proverbio latino que se graba en los relojes.

Escrito por Rasé.

 

I. Bungalow 7.

Sobrevivir lo que se dice sobrevivir puede ser solamente (y mucho más en este mundo jodido) una cuestión de opiniones (vagas) o  un mero punto de vista (insignificante cabe recalcar) y más cuando la misma supervivencia se trata de hacer tiempo en la habitación de un hotel, mirando un programa de televisión en el que el presentador con su perfecta dentadura( y su perfecta vida de imbécil) blanca nos anuncia entre tambores de emoción previa, que un auto último modelo será el premio que se llevará aquel concursante ganador que responda la pregunta: ¿En qué año murió el escritor Oscar Wilde?

-Que se jodan.- Imagino que exclamaría Irene. – Nos tienen esperando desde hace meses a que nos pudramos en estas malditas salas de espera. Ni siquiera se molestan en traernos una pinche botana. ¡Unos pretzels! ¡No sabes que daría por unos malditos pretzels!

Pues sí. Eso está muy claro, ¿pero qué le podemos hacer?- Respondo al silencio. Irene mantiene conmigo la conversación imaginaria que yo mismo he provocado. Su cabeza se mantiene inmutable y sus ojos permanecen abiertos, la vista no está del todo perdida. Irene mira el techo de la habitación. Específicamente a la lámpara amarrilla que cuelga en el centro. En el fondo, se escucha  el arrítmico sonido del tanque de oxígeno, orquestador por antonomasia  de la banda sonora que nos acompaña a lo largo de nuestras charlas vespertinas. –A mí ya no me sorprende nada. –le digo sin dejar de mirar el televisor- Deberías haberlo entendido desde hace mucho tiempo Irene, ya no son  los días en los que contábamos los mosaicos de la alberca del hotel y tu fingías sacar cuentas del perímetro mientras nadabas o hacías bucitos. Por cierto ¿Cuántos mosaicos decías que eran? ¿Noventa mil? No sé, pero no, ya no Irene, definitivamente se acabaron esos días en los que Oasis llenaba estadios y todos nos rasgábamos las playeras intentando corear al unísono “Champagne supernova”. Las cosas han cambiado. Deberías entenderlo.

Irene me mira. Quiere agua. Lo sé porque ha estado haciendo mucho calor últimamente. Y porque simplemente lo sé. Son cosas que sé todo el tiempo. Como cuando quiere ir al baño o cuando desea que deje de hablar estupideces y quiere que me vaya. Son cosas que sé. -¿No prefieres una cerveza?- le pregunto. Irene no toma alcohol desde hace cuatro años. Siempre la molesto. –Con que muy sobria ¿eh? Pero antes….- Le susurro para que nadie más me escuche. De cualquier forma ella sabe que es broma, yo sé que le costaría mucho trabajo tomar la cerveza. Lo digo por la manguera y la máscara de oxígeno. También por la parálisis de su brazo derecho. No porque a Irene no le guste mezclar. De hecho, yo creo que un coctel de pastillas con una buena cerveza no le vendría mal. Al menos estoy seguro que ella le encantaría. El otro día hicimos una pequeña fiesta. Irene había dejado en el lavamanos unas píldoras para la migraña. -¿Qué estamos celebrando?- le pregunté ansioso. Era nuestro aniversario. Ella prefirió no mezclar, creo que estaba cansada de mirar en televisión al estúpido presentador de concursos que siempre colocan en el canal dos. –Si no te molesta, yo si voy a celebrar.- le dije. Ella no se molestó.-  Me tomé un par y abrí la botella de vino que  tenía guardada especialmente para la ocasión. Lo demás no lo recuerdo, creo que me quedé dormido a la hora. Qué bien se siente soñar con esas nenas encima. Ahora entiendo porque Irene no puede parar de tomarlas. Al cabo de segundos mi cabeza parecía un disco vinil de LCD Soundsystem y yo andaba bailando Daft Punk is playing at my house con los ojos abiertos al igual que Irene, mirando el techo. Específicamente la lámpara amarilla que cuelga en el centro y quizá estaba babeando un poco, pero no importa ¿Quién no babea un poco al dormir?

 II. Bungalow 5.

El otro día Lulú vino a visitarme. Aunque yo sé que es rara, me abstengo de decírselo cada vez que cogemos en la estrecha cama de su Bungalow. No lo digo sólo por criticarla al aire ni mucho menos. Lulú me agrada, jamás hablaría mal de ella, pero eso no le quita que este parcialmente deschavetada. El otro día por ejemplo, cuando acabamos de coger, se sentó en el borde de la cama y en lugar de pararse a prender un cigarro o algún otro cliché rutinario, decidió  pedirme una paleta de caramelo. –Una de esas paletas de tarro de cerveza que tienes en la recepción del hotel. ¡Por-favor!.- ¿Estás loca?- le reclamé. –Estoy completamente desnudo, tendría que cambiarme para salir del bungalow y buscar tu estúpida paleta.- Ella me miró con desaprobación y después, una vez más pidió: “Por-favor, por-favor, ni siquiera hay gente a esta hora en el hotel y lo sabes.” No sé. Estoy casi seguro que le falta un tornillo a Lulú y eso me excita definitivamente. Son cosas que no puedo negarle a mi naturaleza. El sólo hecho de imaginar su rostro cuando esta de espaldas a mí, con todos los músculos contrayéndose al ritmo de los resortes del colchón y pensar al mismo tiempo que dentro de su cabeza se está gestando  algún dato extraño, uno dato de esos que escupe de repente al finalizar sus orgasmos, no sé, como aquel en el que hablaba de los ciervos machos que se masturban frotando las puntas de su cornamenta contra la hierba, hacen que mi eyaculación se torne en un maldito cohete espacial y que valga la pena salir semidesnudo por las paletas de cerveza que están en el lobby.

  • ¿Me quieres?- me preguntó el otro día.
  • No empieces.
  • No tienes que responder ahorita. Yo lo he estado pensando últimamente. Soy feliz cada vez que te visito. Tengo mis dudas al respecto aún, pero el problema central es que creo que yo te amo, pero todavía no estoy muy segura de eso.
  • ¿Y Romano?
  • Romano es un imbécil.
  • En verdad dudo que pienses eso de Romano.
  • Romano no es un imbécil, pero ya sabes, es Romano.
  • No me amas- dije en tono de afirmación.
  • ¿Y tú como puedes saber eso?
  • No lo sé. Pero no tiene sentido lo que dices. De todas formas aunque me amaras ¿de qué serviría? ¿Yo que puedo hacer con ese amor?
  • Podrías empezar por traerme una paleta de cerveza.
  • Estás loca.
  • ¡Ya, ya, ya! No te amo, sólo te estoy chantajeando porque quiero mis dulces

III. La alberca.

Estaba recostado justo en el cuarto camastro al borde de la alberca. Irene estaba dentro del agua con los brazos levantados al aire. Las ondas de agua alrededor de ella la hacían parecer Saturno con una serie de anillos que la rodeaban. Así es como la  veía a ella en medio de un halo líquido: eterna, carnal. Cantaba suavemente un coro y sus manos se movían como dos aves que se cruzan y entrecruzan sin tocarse. Bailaba con los ojos cerrados y movía la cabeza de un lado a otro. –Thom Yorke es un genio.- Interrumpió su canto para decirme. Desde hace unas horas, había colocado en las bocinas que se encargan de musicalizar la zona de la alberca, una playlist que habíamos armado juntos para momentos como este, cuando no hay huéspedes que nos molesten y podemos dedicar las áreas comunes a nuestros íntimos placeres hedonistas. La canción que sonaba era Wierd fishes o Nude, no recuerdo bien. Lo que sí recuerdo es que había un coro muy suave que subtitulaban los labios de Irene.

-El otro día soñé con él.

-¿Con quién?- pregunto.

-Con Thom Yorke.

-¿Y qué pasó?

-Pues nada. Realmente él estaba ahí sentado nada más. Creo, si mal no recuerdo, que estábamos en un concierto de Oasis y él se moría por subir a cantar.

Comienzo a reírme

-¿De qué te ríes?

– De Thom Yorke. No creo que sea nada como tú lo describes.

-¿Porque?

– Sin especular demasiado en su personalidad, seguramente debe ser un tipo muy modesto. Supongo que en un caso así dejaría cantar a Oasis sin protagonismos y se fumaría un porro y se quedaría callado y quizá, pero sólo quizá, bailaría un poco como tú y eso sería todo.

– No lo sé. Mi Thom Yorke era mucho más activo que el tuyo.- y después de decir estas palabras, Irene clava su vista en el fondo de la alberca.

-¿Qué miras?

-Los mosaicos.- responde sumergiendo la nariz en el agua.

– ¿Qué tienen los mosaicos?

-Me dijiste que eran de un material especial.

-¿Concha nácar?

-¡Eso!

-Sí, cuando se construyó la alberca el arquitecto dijo que a la luz del día, la concha nácar y el agua crearían un efecto como de arcoíris.

-Me encanta la idea.

– A mí también, por eso decidieron al final optar por ese material.

Irene permanece mirando el fondo de la albera.

-¿Cuántos son?

-¿El número de mosaicos?

-Sí ¿Cuántos son?

-No tengo idea.- Respondo intrigado por la pregunta.- Cuéntalos.

Irene se sumerge y comienza  como un reptil, a escurrirse encima de cada uno de los mosaicos debajo del agua. Su dedo índice comienza a señalar uno a uno los cuadrados que forman parte de la superficie de la alberca. La música al fondo sigue sonando y yo la imagino a ella, paralelamente, sumergiéndose en una caldera de mi mente. Irene nada de crol, tanto en la alberca como en mi cabeza. Hace bucitos y deja sus cabellos volar como las serpientes de una medusa amante de los géneros musicales undergroud. No es perfecta, es simplemente Irene. No sé, si las cosas siguen así, lo más probable es que eventualmente me termine casando con esta mujer e incluso, quizá, si las cosas van mejor, podría tener un hijo y nombrarlo si nos parece los más adecuado, Thom Yorke.

-Son noventa mil. –Me grita sacando su cabeza del agua.- Lo saqué en base al perímetro.

La noche me pesa más que el número de mosaicos.

-Ahora ponte a contar las estrellas.- le digo mirando al cielo.

-Sí lo haría.- Me dice Irene. –El problema es que nunca aprendí a sacar el área de las esferas.

 IV. Pres Dilit.

Ok.-Me dice Lulú- Ahora que estás parado ahí, no sueltes la vela. Quédate ahí, piensa que eres una estatua. Por ningún motivo vayas a moverte. Si logras hacerlo, yo misma iré por tu paleta de cerveza al lobby.- Luego, saltando en puntitas sobre sus propios pies, cómo una niña que está haciendo una travesura, se acerca a la cama y busca entre las sábanas su cámara. Es una cámara instantánea que compró el jueves pasado en un arranque de emoción después de haber hojeado una revista de fotografía artística.

-¿Qué se supone que tengo que hacer?- interrogo.

-Nada. Sólo quédate ahí. El chiste es tomarle la foto a tu sombra.

-Ahora resulta que prefieres más mi reflejo que a mí.- le digo riendo.

-¡Que no te muevas!

-No me moví. Pero si me cae un poco de cera…

-¡Shhh! Me desconcentras.

Lulú se aleja, encuadra, “un poco más a la derecha”, ahora “un poco más a la izquierda”, “¡no te muevas carajo!”…así, así, perfecto y ¡flash! La foto está tomada.

  • ¿A ver?
  • Cuando acabe mi proyecto te las enseñaré todas.
  • ¿Al menos sale bien mi sombra? ¿No salgo gordo?
  • Es tu sombra. No puede salir gorda.
  • Me siento como Eco despreciada por Narciso.- Le digo.

Pero Lulú no sabe de qué hablo. Le encantaría saber de qué hablo, eso es un hecho, pero sus conocimientos sobre mitología griega son tan nulos al igual que el mismo arte de la fotografía.

-¿De qué hablas?

Así que le narro la breve historia de Eco. Le explico que Eco era una ninfa del bosque (no me detengo a explicarle que es una ninfa, a pesar de que Lulú hace una cara de confusión) enamorada de su propia voz. Por una serie de motivos, específicamente por ser cómplice de encubrir las infidelidades del padre de todos los dioses, Zeus. Hera, diosa y esposa del adultero, le castiga su más preciado orgullo: “el habla.” Es cuando Eco queda limitada a repetir solamente la última palabra emitida por aquellos que tengan contacto verbal con ella. Pero eso no es todo, la pobre Eco queda flechada por Narciso y al no poder hablar con él, éste la rechaza y ella triste decide consumirse en el aire y así, su voz es lo único que termina quedando con nosotros.

-¿Estás diciendo que te vas a desvanecer?

-Estoy diciendo que, hipotéticamente, si esto fuera el mito. Yo y  mi sombra seríamos la mezcla de Eco y su castigo enamorados de Narciso. La cámara sería el rechazo, la fotografía sería mi desvanecimiento y la sombra sola dentro de la fotografía, sería mi voz huérfana en el aire y entonces, por consecuencia, yo ya no existiría.

-¿Y piensas que yo soy la que está loca en esta relación?

– En realidad no pienso nada. Sólo eché mi mente a volar con todo este rito de la vela.

– Dejé a Romano.

– De todas maneras aunque no existiera, habría que pensar que sería de mi voz si…

-¿Escuchaste lo que dije? Dejé a Romano, quiero estar contigo.

– ¿Qué día es hoy?

-No me estas escuchando.

-Sí te escuché pero no sé qué quieres que te responda.

-Quiero que dejemos el hotel. Quiero huir de aquí.

– ¿Qué día es hoy?- vuelvo a preguntar.

– No sé, Domingo…que importa.

– No puedo. Perdóname.

-¿No puedes qué?

– Ir contigo a donde sea que quieras ir. Simplemente no puedo. Mañana van a llegar unos huéspedes y…

-Aquí no hay huéspedes, deja de mentirte a ti mismo.

No le respondo. No tiene caso pelear. Lulú fue hecha y deliberada en mi vida con el único objetivo de tener relaciones sexuales. No más. Cualquier interlocución sentimental con ella sería crear un vínculo afectivo del cual no quiero formar parte. Al menos no con ella.

-Cómo sea. No puedo salir de aquí.

– Te amo.

– No me amas Lulú. Tú amas a Romano.

– Tú me estas rechazando a mí, date cuenta quien es Narciso aquí. Cuando menos te des cuenta, lo único que vas a poder escuchar va a ser mi voz y te juro te vas arrepentir.

– No tiene sentido seguir discutiendo.- replico.- Vamos a terminar perdiendo la cabeza dándole vueltas a algo que no tiene una solución conjunta. Somos como un perro buscando su cola.

Lulú me mira encolerizada por mi comentario. Esto me excita. Me gustaría decir que no entiendo por qué, esta vez sí lo sé en definitiva. Es porque después de ese rostro iracundo viene lo que más me gusta de Lulú.

– Mátame.

-¿Cómo quieres que te mate?

-Córtame la cabeza.

Que risa. Lulú me da risa y me excita.

-Mira- me interrumpe- Te voy a decir algo antes de que comencemos a coger y quizá sea el último dato que escuches salir de mi boca. Sí cuando acabemos de coger, no me sigues al salir por esa puerta, nunca más vas a saber de mí. Me desvaneceré antes que tú lo hagas de mi vida. Y esos datos que siempre digo y que te excitan tanto, quedarán grabados en tu conciencia como una voz tatuada que no podrás sacar nunca, un eco del que no puedes escapar. ¿Eso suele pasar no? Ahora, siguiendo lo que iba a decir ¿Alguna vez has visto una mantis religiosa? ¿Sí? Bueno, el macho de la mantis religiosa necesita que le corten la cabeza para que su cuerpo se desinhiba del todo y tenga espasmos sexuales. Quiero que me cortes la cabeza, quiero que me metas en una guillotina y me rebanes la cabeza, si no me puedes hacer el amor, cógeme, cógeme y córtame la cabeza, porque yo lo voy hacer.

 V. Blu Mun.

Anoche falleció Irene. Infarto al corazón fue lo que determinó finalmente el doctor. Pero yo creo que no se trató de  eso. Me gusta pensar que fue por causas naturales y también por cierta voluntad propia. Me gusta pensar que ya no soportaba ni un momento más la voz del conductor de televisión con su perfecta dentadura (y su perfecta vida de imbécil) blanca. No sé, de cualquier forma, sobrevivir no es sinónimo de sobrellevar y hoy en la mañana, al entrar a su habitación a recoger los últimos detalles, su ropa, la máscara de oxígeno, la silla de ruedas, me autoconvencí de forma definitiva, que Irene había decidido partir antes que yo por el simple hecho de pensar en seguir la vida sin conciertos de Oasis, era una maldita mentira. La imposibilidad de poder volver a escuchar “Champagne supernova” en un concierto la volvía loca y el triste consuelo de sólo poder escuchar  Beady Eye, era cómo tomar cerveza sin alcohol y querer embriagarse neciamente. Creo que ella lo entendió mejor que yo y lo tomó demasiado en serio. Para Irene todo tema siempre se tenía que abordar con esa cierta seriedad que la caracterizaba, por esa misma razón seguramente la muerte será una gran compañera de charlas ahora que estén juntas tomando cerveza.

Vine a cerrar su habitación de una vez y para siempre. Antes de esto, quiero colocarle una canción. La melomanía es algo de lo que no se puede desprender nadie que viaje lejos. Coloco el disco, el primer arpegio suena. Aunque no quiera, (en verdad parece un castigo-burla enviado por Irene desde el “mas allá”) de mi cabeza no puedo sacar la canción de Beady Eye: Blue moon. Si la vida fuese una partitura, yo soy un silencio en este momento. El frasco de píldoras de Irene sigue inmóvil en la ventana de la habitación. Nadie le dijo que su trabajo ya no será requerido hasta nuevo aviso. El frasco insiste. Sólo un poco, me dice. Accedo. Coloco una pastilla en mi lengua y la trago con un poco de cerveza. [Qué bien se siente soñar con esas nenas encima.] Si la vida fuese una partitura, en este momento yo soy un Outro. No quizá más bien soy la voz semironca de Tony Bennet, que digo Tony Bennet, de Chavela Vargas y me diluyo con el viento, mi cuerpo se desvanece, escucho que me hablan, pero lo único que puedo responder es la última frase de lo que me preguntan y entonces escucho también a Lulú que me dice: “te amo” y los labios de Irene subtitulan sus palabras y entonces yo abro mis brazos, abro los ojos, miro al techo, específicamente miro la lámpara amarillenta que está en el centro y me tiro de espaldas en la alberca de los noventa mil mosaicos de concha nácar y respondo largamente con la poca ternura que me queda:

¡oooooooooooooooo!

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s