Jemingüey [Conversaciones de café] Parte IV.

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Rasé.

[Para:                                                                                                                              Cc / Cco]

[Asunto: …..                                                                                                                                  ]

Soy de los que repite las canciones hasta el hartazgo. Formo parte de esa generación que no nació para entender la aleatoriedad de las canciones en un programa de radio. No estoy acostumbrado al azar de las ruletas rusas. Perdón, pero no. Soy de la generación de los playlists, los videoclips en youtube y el rewind. De las pausa cómodas y las decisiones totalitarias en la cotidianidad.  Estoy enfermo.  Soy un pinche obsesivo repetitivo. Por eso es que me cuesta tanto trabajo desprenderme de las cosas (aunque no lo creas). Por mi melomanía mal pavimentada. Por mi confianza ciega a un internet que guarda todas mis canciones y mis fotografías y videos favoritos sin exigirme nada. Nada de carpetas. Nada de tiempo. Sólo un click, una nube, un play y ya. Y sí, te digo todo esto porque aunque no lo creas, tiene que ver con nosotros (por si te quedaba alguna duda). ¿Por qué? Pues porque, como muchas veces lo dijimos, el mundo se divide en binomios. El mundo se divide entre la gente que repite sus canciones favoritas una y otra vez; y la gente que las deja pasar y acoge sin problema alguno la melodía que sigue. Yo, como ya lo sabes, formo parte de la primera jodida mitad. La generación del puto rewind y las putas pausas. Deberías haberlo sabido desde siempre. Que gente como yo, estamos amarrados a este mal. Que gente como yo formamos parte de esta enfermedad. Y no, en verdad yo no pedí formar parte de la filas de la maldita generación que puede frenar su video favorito a la mitad, para levantarse del sillón y preparar una sopa Maruchan que lo acompañará lo que resta del clip. Me hubiera gustado no poder conocer esa posibilidad técnica. Tecnológica. Absurda. Como quieras llamarle. Me hubiera gustado tener que chutarme la canción entera ahuevo, todo él video entero ahuevo, y no tener que hacer nada más en ese momento, porque cualquier segundo perdido, cualquier imagen, cualquier guitarrazo, le restaría valor a mi experiencia. Sí, ya sé. Nos jodieron profundamente. Porque es claro que no. Porque tú y yo lo sabemos. Sabemos que la vida no es una puta canción al que le puedes poner pausa o rewind. Sabemos que la vida es esa canción entrecortada y los últimos cuarenta segundos que te tocó escuchar en el radio al azar. Y ya van diez segundos cuando apenas sintonizas bien, y ya van veinte cuando apenas reconoces si es el principio o el final de la canción y ya van treinta cuando quieres subirle el volumen y cuarenta cuando crees que todo es perfecto pero, se acabó. Ahora nos damos cuenta que esos cuarenta segundos los tienes que deleitar como un breve olor que se esfuma. No estarlos manoteando tanto. Debes desear volver a repetirlos algún día. Porque la vida se trata de esas canciones sin nombre que escuchas y que quieres saber su nombre pero que al final, nada puedes hacer para identificarlas. La vida no tiene Shazam o esas aplicaciones que rastrean melodías perdidas. La vida es eso, un desconocido con el cual cruzaste miradas y te gustaría preguntarle cómo va su vida sexual y que si de casualidad  se le ofrece una cogida, pero al final no lo haces, ni te lo coges, ni le preguntas nada, porque antes de que hagas esto, el desconocido se va, porque fuiste demasiado lento, porque no pudiste poner pausa para levantarte y prepárate unas palomitas en el microondas mientras pensabas como formular tu pregunta, porque no hay otro capítulo, ni temporada en esta serie llamada vida donde volverás toparte a semejante sujeto anónimo con el que pudiste haber hecho algo y no, no hay pausa, ni rewind, sólo el segundo macizo aplastándote.

Por eso me arrepiento. Porque debí escuchar bien nuestra canción en lugar de estar pensando en lo chingón que estaban lo acordes del principio.  Porque debí haber disfrutado la melodía y los coros de en medio. Porque debí haber sufrido y debí haberme aferrado porque sabía que nuestra canción se acababa justo después de ese tonito. Debí haber hecho algo en lugar de pensar ligeramente que ésta, ya formaba parte de mi playlist y que la podría repetir cuantas veces se me diera la gana. Y ahora la gente dice que no pasa nada. “Tranquilo, la vida sigue”. No soporto a la gente madura que se empeña en decirme que no pasa nada. Pinche gente sin apegos. Pinche gente ligera. Pinche gente sana que entierra sin luto a sus fantasmas. Me dan asco. Porque no, puta madre, una cosa es que nos hayan criado para pensar que las cosas vienen y van con tremendo levedad y azar; y otra cosa es que nos digan que no importa. Que no nos aferremos, que es mejor dejar ir. Dejar ir. ¿De dónde surgió este escombro de filosofía refrita new age? Pinches hipócritas. Todos dicen que dejes ir, pero terminan respaldando toda su información en nubes web, en hardrives y en galerías de su celular, en lugar de pensar que una foto impresa, física, se puede desgastar al grado de que un día quede irreconocible.

Y sí, ya sé, si se pierde la foto, se pierde se pierde al muerto. Lo sé, pero yo mismo he perdido gente de ésta manera. Gente sin rastro. Ni rostro. Gente que el mundo entero podría pensar que jamás existió, gente que funciona cómo si la hubiese conocido en una noche de fiesta y a la mañana siguiente se hubiese esfumado con todo y la basura de la fiesta y los vasos y los muebles sucios y las colillas de cigarro y las huellas y las marcas de algo sucedido. Abres los ojos un día y ¡plam! la casa limpia y ni una sola foto, ni un solo indicio, como si nada nunca hubiese sucedido.

El olvido también te dobla la espalda, ¿apoco no?

Y no; no la estoy pasando bien.

Llevo casi tres semanas que no salgo de este automóvil. Sólo salgo a comprar lonchibones, cervezas y para sacar más dinero del cajero. Sé que no te quedará más remedio que contarle las mismas historias que me contaste a mí, porque no tienes más vidas que ésta, ni más historias que las que ya has vívido. Porque al fin y al cabo tu color favorito siempre va a ser tu color favorito y no te quedará más que repetírselo a tu pareja actual. Ya sabes, para que te conozca un poco más, para crear un lazo de intimidad. Porque aunque deseemos todo el tiempo ser únicos en la vida del otro, siempre terminaremos siendo patéticos.

Y en verdad tienes razón,

¿Por qué deberíamos enterrar las canciones que nos recuerdan al pasado, si en realidad siempre me gustaron?

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