Razones por las que no podrás dejar de escuchar el -22 a MILLION- de Bon Iver (si te consideras 1 ser humano de tu tiempo.)

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Por Fernando Rasé.

I

Como sucede comúnmente con los discos, i phones películas de cine, conciertos, series de televisión, (¿libros todavía?),  tenis,  apps,   o cualquier material vigente pensado como un producto ideal para el consumo masivo, sabemos que el aura previa alrededor del lanzamiento  al mercado (del producto en juego) suele  estar rodeado por la frenética expectativa mundial y el morbo mitológico fabricado por el imaginario de ese público ansioso y sus inevitables ganas de tener al “bebé” tan anunciado en  todos los medios, al alcance de sus manos

Este hecho, aunado a las tremendas campañas publicitarias que no sólo sirven de prótesis para el producto, sino que  muchas veces lo inflan intolerablemente hasta el punto de  crear expectativas mucho más  altas de las virtudes reales que terminará por ofrecernos, llevan al consumidor a sentirse defraudado por la excesiva dosis de trailers, previews y teasers devorados con casi un año medio de anticipación en redes sociales y todos tipo de propaganda.

Uno ejemplo perfecto de esto, es el reciente anuncio de la película Tranispotting 2 (promocionada un año antes de su arribo a la salas de cine) o el fracaso que significaron para los fans, películas como  Suicide Squad  (o el mismo personaje del Joker) en la que el propio Jared Leto terminó por deslindarse  de la deplorable entrega justificando: que Warner  lo había truqueado con el planteamiento inicial que le habían propuesto y que pensaba que sería un proyecto mucho más artístico, entre otras cosas…

En todo caso, el tema aquí, no es el de discutir si la expectativa inflada o no, es una herramienta imprescindible del mercado o si bien puede valer la pena o no. Sino señalar  el caso pelicular y positivo de dos artistas que utilizaron este medio para fines más allá de la industria de la grandes empresas, sino para sus propios fines estético-artísticos; Estoy hablando del nuevo album  -Blond- de Frank Ocean y el -22, A million- de Bon Iver ambos pilares de una generación que comienza a marcar un parteaguas en la forma de relacionarnos con el producto musical.

Tanto Frank Ocean, como Bon Iver, ausentes de material nuevo desde el 2012  han encontrado una vertiente abierta en la industria musical, trazada por maestros del marketing y la influencia mediática  como Kanye West; Con ello, no sólo se han deslindado de la grandes disqueras, sino que han creado su propia “industria” a partir del internet, el “mito” y un trabajo sólido y profundo (que no por ello olvida sus influencias pop).

Y aunque Warhol ya predecía estos cambios desde los 60´s  y buscaba que ampliar un mercado de consumo para el Pop Art (pensemos en aquel disco de Velvet Underground & Nico con el plátano  de Warhol que ahora podemos encontrar en playeras, estuches escolares, gorras o pins hipters) es hasta ahora, que las posibilidades de la tecnología nos permiten involucrarnos en más de una forma con  el arte-producto que recibimos como consumidores.

Frank Ocean lo sabe bien y se ha lanzado al ring con su disquera – editorial- productora: Boy´s Dont Cry para ofrecernos no sólo su nuevo álbum (Blond, 2016) en máquinas expendedoras, sino un combo total (¿algo  de todo esto les recuerda Mc Donalds?) integrado por un Fanzine de colección (tamaño de libro decorativo)  con poemas (uno de ellos escrito por Kanye West), textos y fotografías en un empaquetado plateado que nos hace pensar en que todo el “arte”  creado por Frank Ocean, al igual que cualquier producto comerciable (papas, chicles, zapatos, autos..) es posible vender.

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Lo innovador aquí, no es que Frank Ocean “venda” su música como un producto (Bieber, Selena Gomez, Calvin Harris y demás artistas pop lo hacen también…), sino que Ocean haya roto relaciones con la disquera Def Jam Records y tal cual, artesanal  e industrialmente vaya creando un producto freelance que no sólo involucre música, sino que abarque otros campos, como el de la fotografía o en este caso, la literatura y el ámbito editorial.

En ese sentido, Frank Ocean imitando a Kanye West o Radiohead, busca ampliar su “arte” a otros rubros de manera independiente. Su multidisciplinariedad lo coloca como una verdadera artista que no resiste al capitalismo sino que lo convierte en su aliado.

No olvidemos que esto solamente se reduce al producto “físico” en venta. Y cuando digo “físico” me refiero a los CD´s específicamente;  Excepto por los viniles y los cassetes que se han vuelto elementos de culto y colección,  el mercado del producto físico en el ámbito musical cada vez va perdiendo más vigencia y es que hoy en día ya casi nadie compra discos. El internet y las plataformas que se encargan de streaming como Spotify  o soundcloud han superado este mercado.

Y es que ya que nadie se quiere casar con los productos; Así como nadie quiere comprar una casa, o un DVD, la gente busca poder vivir la experiencia a través de la renta, una utilidad en base al alquiler que te permite disfrutar  de tu producto sin tener que ser propietario o cargar una responsabilidad de compromiso total con lo que se consume.

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De esa necesidad parten Frank Ocean y Bon Iver, preocupados por regenerar una expectativa de su trabajo; El “arte” del álbum, la ideología, los símbolos, el “empaquetado” y el “contenido” son  producidos cuidadosamente con una calidad que busca  re construir a un consumidor que no sólo sea un eso, un consumidor,  sino un discípulo arraigado a las creencias de lo que el arista está proponiendo:

El fan entonces, se convierte en discípulo creyente.

Es ahí, donde Kanye West se convierte en un visionario, desde su producción teatral y escénica en conciertos (influenciada por Alejandro Jodorowsky) o su trabajo semi-cinematográfico (podemos encontrar el Dark Twisted Fantasy  entrero en Youtube) hasta su propuesta ideológica expuesta por el mismo Kanye y sus influencias en el mundo de la moda, más allá de su música, el rapero nos da muestra del performance consciente y continuo (pensemos en su matrimonio con Kim Kardashian)  que debe realizar el artista dentro del voraz Hollywood y su efecto en el espectador.

Pero vayamos paso a paso.

II

Bon Iver antes de lanzar el 22, A Million,  creó una campaña en la que (al igual que Depeche Mode con sus llamadas  del “Personal Jesus” con el  Violator o Arcade Fire con su símbolo del Refelktor) adelantaba con signos y símbolos literalmente, la poética de su nuevo álbum.

Incluso en México en la Casa Picnic se hizo un evento donde se otorgó un preview del álbum  días antes del lanzamiento oficial. Esta expectativa venía de la mano con videos en Instagram donde se mostraban hojeadas de un libro que contenía todo el arte del disco, acompañados con lyric videos en youtube de sus respectivos singles y grafittis gigantes en los muros de diferentes ciudades del mundo (Los Angeles, Paris, Londres, Sidney, Mexico…)

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Para cuando el álbum había sido liberado: todos los discípulos estaban más que dispuestos a escucharlo y a hacerlo suyo (el mismo efecto surgió con aquel Random Acces Memories de Daft Punk por allá del 2013).  Los tickets de los conciertos estaban Sold Out y ahora lo único que faltaba es que no explicaran bien, que es lo que en realidad  estábamos consumiendo, ya que lo teníamos, nos gustaba (quizá por una misma inercia mercadológica) y ahora que era nuestro, no sabíamos bien del todo cuales eran sus potenciales contenidos.

El arte de Bon Iver y de Frank Ocean, como la de tantos otros artistas (que ya he mencionado con esas características)  nos ha penetrado violentamente a través de su impecable persuasión, pero quizá esta vez, a diferencia de los comerciales infectos de Coca Cola, Sabritas u otras marcas similares que han moldeado nuestro deseo y pensamiento  de consumo capitalista, estos artistas se han colado para ofrecernos una nueva perspectiva del arte.

Deleuze &  Guattari, por ejemplo, hacen referencia en su libro Rizoma a un estudio donde se explica  que “la información genética de un organismo podría ser transferida a otro, a través de los virus.” En ese sentido, la propaganda con la que fuimos bombardeados previamente, la expectativa generada, es ese “virus” que los artistas más influyentes de nuestra época han comprendido se generaba a través de la relación marketing – consumismo y lo han resuelto de la misma manera para su propios fines estéticos.

Si buscamos en Youtube podemos encontrar diferentes versiones del lyric video de la canción “8 (circle)” de Bon Iver. Estos videos no sólo están en su lengua original (el inglés) sino con traducciones al español, japonés y muchas más. Lo cual nos habla de un producto pensado para su consumo global.

También dentro de los videos de Bon Iver (para ser más preciso, en el “8(circle)”, otra vez) se pueden apreciar influencias literarias de la poesía concreta practicada en Brasil en los años 50´s por poetas como Haroldo de Campos que proponían que lo visual y espacial tuvieran el mismo nivel de importancia que la rima y el ritmo en la poesía lírica:

Asimismo,  si nos detenemos a observar a detalle se puede hallar la propuesta de Mallarmé para leer su poema “Un juego de dados jamás abolirá el azar”  en relación a la letras de la canción, es decir, en los videos, la dinámica invita a una lectura tanto vertical como horizontal de la oraciones conformadas a partir del orden las palabras en constante movimiento. Lo que nos abre la posibilidad  de encontrar más de un sentido a los lyrics que se están proyectando.

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Sumemos además, que todo el disco está lleno de símbolos, los cuales nos remiten significantes alegóricos renovados, (una técnica medieval para transmitir conocimiento). La alegoría, como sabemos,  pretende dar una imagen a lo que no tiene imagen para que pueda ser mejor entendido por la generalidad. Dibujar lo abstracto, hacer símbolo lo que solo es conceptual. Y esto, claro, obedece a una intención didáctica.

Acá un ejemplo de símbolos medievales:

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Otro ejemplo de esto,dentro del albúm, es el símbolo “peace  & love” trazado a partir de dos amantes haciendo el amor:

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Aparte del otro millar que aparecen en la portada del álbum. Y digo –millar- de símbolos porque a eso va el título del nuevo disco de Bon Iver.

En una conferencia de prensa explica Justin Vernon que el “22” no sólo representaba una dualidad, dividida dentro de sí en otra dualidad y así hasta infinitamente:

22= 2+2= II+ II= I+I

Sino que también era su número favorito y por ende el que lo identificaba. De ahí también que uno de los símbolos principales sea la dualidad del Yin y el Yang:

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Partiendo desde ese análisis, “22, A Million”  se convierte en una alegoría de  Justin Vernon (vocalista de Bon Iver) y “el mundo”.

Justin  es esa dualidad  (“22”) que se encuentra -de lado- al millar  (“A Million”) de símbolos que conforman al mundo. La codificación, los números, la cantidad de símbolos,  los signos que construyen palabras y dan títulos a las canciones, son una construcción mimética  y algorítmica de todo lo que nos rodea:

22 (Over Soon)” is stylized as “22 (OVER S∞∞N)”.

10 (Death Breast)” is stylized as “10 d E A T h b R E a s T ⚄ ⚄”.

715 (Creeks)” is stylized as “715 – CR∑∑KS”.

33 “God”” is stylized as “33 “GOD””.

#29 Strafford Apts” is stylized as “29 #Strafford APTS”.

666 (Upsidedowncross)” is stylized as “666 ʇ”.

21 (Moon Water)” is stylized as “21 M◊◊N WATER”.

8 (Circle)” is stylized as “8 (circle)”.

45″ is stylized as “____45_____”.

1000000 (Million)” is stylized as “00000 Million”.

Ese “A Million” alegórico del título lo integran los pobladores del planeta tierra, su numeración dentro de la estructura social, el esqueleto las ciencias cuánticas, la fórmulas químicas, los conceptos numéricos de la biología o incluso la data web, ese espacio virtual que nosotros hemos creado de tal manera que hoy funge como espejo de lo que llamamos el mundo real.

Visualmente, algunas tomas de los videos como 29 #Strafford APTS” o “____45_____”; nos remiten al “post internet” art que busca una manera de explorar los efectos de internet offline a través del arte e incorporar el lenguaje propio de internet dentro de un discurso pictórico y a  las técnicas que  el realizador francés Jean Luc Godard emplea en su última película “Adieu au langage” (Adios al lenguaje, 2014)  en las que utiliza una amplia gama de imágenes y efectos que exploran el Low-Fi en oposición del Hi-Fi que obsesiona a tantos directores y espectadores contemporáneos.

Siempre jugueteando entre lo visual y lo sonoro, notamos ese mismo gusto estético por  el Low Fi  audio, usado frecuentemente por la corriente de hípster retro folk que tuvo su auge hace no mucho tiempo con discos como el “For Emma For Ever Go” (otro disco de Bon Iver) y artistas como Tallest Man on Earth o Devendra Banhart. La calidad del audio conscientemente baja, quiebra por momentos las palabras que Justin Vernon canta  (ejemplo: sub-find / fuckified / astuary) y las transforma en neologismos poéticos concebidos por el apareamiento de dos palabras aparentemente disímiles que renuevan el lenguaje, motivo por el cual, poetas como Rimbaud (autor de la “Alquimia del Verbo” siglo XIX) estarían dándole más de una palmada de aprobación en la espalda a Vernon.

E.E Cummings es otro que se une al cuadro literario.  Cummings es mejor conocido por sus poemas que rompen con toda estructura, incluyendo usos poco ortodoxos de las mayúsculas y la puntuación, en la que los puntos y comas podían incluso llegar a interrumpir oraciones y hasta palabras. Muchos de sus poemas también están escritos sin respeto a los renglones y los párrafos y algunos no parecen tener pies ni cabeza hasta que no son leídos en voz alta.

Al igual que Cummings, Bon Iver se inclina por su gusto a los estilos –vanguardistas- y la tipografía inusual, pero retoma una tradición de la canción americana (¿alguien llamó a Bob Dylan?). De hecho muchas de sus canciones podrían funcionar como sonetos (formato que a su vez Cummings utilizaba para la mayoría de sus poemas) y tanto la poética de Cummings como la de Bon Iver frecuentemente disertan sobre  temas del amor y la naturaleza, así como la sátira y la relación del individuo con las masas y el mundo.

¿Coincidencia?

El álbum de Bon Iver parece convertirse en un universo complejo que se interroga las máximas existenciales del ser humano “Philosophize your figure/ What I have and haven’t held” ((8 (circle), Bon Iver) y  Re-visita motivos religiosos  en canciones como –GOD 33- instigado por la urgencia de un  guía espiritual, en la que nos es imposible no crear relación con ese tono góspel influido por la cultura afroamericana que también nos trajo el jazz y el hip hop elementos que forman parte esencial de la receta del –“22, A Million”- disco con tonalidades “foltrókicas” que acude a mecanismos como el  sample,  elemento característico de la música electrónica y el hip hop,  que forman parte fundamental de toda una corriente de músicos como James Blake, Jaime XX, Kanye West, Frank Ocean (volvemos al  “Blond”) que sostienen  sus composiciones bajo este recurso.

Pithcfork  lo explicaba en la reseña del In Colour:

The sampler is a memory machine. This is true in both the literal sense—memory is one of the device’s key specs, measuring how much sonic information it can hold in its “mind” at once—but also as a metaphor. When you capture and play back a sound, transposing it to a new context, you are “playing” the memories that have attached themselves to the original piece of music as much as you are playing a particular piece of sound.” (Mark Richardson)

Esta máquina de la memoria (el sampler), donde una voz que no es la Vernon (y por supuesto pertenece originalmente otra canción) es repetida como un coro totalmente descontextualizado de su lugar de origen y recobra (como una “cita” o un recuerdo) un significado distinto al de su escénica innata, nos invita a ser partícipes de este collage musical, espacio donde ya los días no tienen número.

O como cantaría Fionn Regan en su canción Abacus,  sampleado en el  00000 Million

“Where the days have no numbers…”

y es que, ¿no es ahí, dónde ya desde hace mucho tiempo  queremos ir?

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